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  • Patricia M. Perea, PhD

Siguiendo el Sendero Manito: Durante la temporada de tornados, una nieta Manita tiene preguntas

Patricia M. Perea Ph.D.

Profesora Adjunta

Departamiento de Estudias Chicanas y Chicanos

Universidad de Nuevo México


Traducido por Jesús Cuauhtémoc Villa

Dominga Olguin Perea (izquierda), Jacobo Velasquez Perea (centro), James Martin Perea (derecha) y Max Joseph Perea (centro) p'ajuera de Friona, Texas, 1967. Después de salir de Nuevo México y vivir en California, Colorado, Wyoming e Idaho, finalmente se establecieron en Friona (justo al otro lado de la línea estatal de Clovis, NM). Aquí trabajaron cortando algodón hasta que Jacobo encontró un trabajo en un corral de ganado.


Los tornados son figuras comunes en el paisaje de mis recuerdos. Las notas que chirrían a través de las radioondas se retuercen en una maraña de aire denso y silencio pesado. Es el corazón de la primavera, se acerca el final del año escolar y las nubes se acumulan cada tarde en el suroeste. Parece que he sabido desde el principio de los tiempos que los tornados son criaturas de costumbres que se mueven hacia el noreste a través del llano sureño.


El N. Scott Momaday nos contó una vez una historia sobre los tornados como seres ecuestres, indómitos en el cielo. Esto tenía mucho sentido para mí: mientras hablaba, recordaba los caballos indómitos de mi 'apá, potros con nombres como Let 'Em Go, Recycled Cash y Liberty Lad, de pie en el corral rodeado por traviesas de ferrocarril que aún olían a creosota. 'Apá siempre era el primero en montarlos y por eso yo nunca me acercaba a ellos; los había visto avanzar y retroceder, subir y bajar, demasiadas veces como para pensar que mi yo de cinco años, pecherada, ni siquiera pudiera acercarme a uno. Lo mismo ocurría con los tornados: me fascinaban, pero mantenía una distancia respetuosa.


Me encantaba la temporada de tornados. Sabía que cuando el aire cambiaba y el algodón empezaba a brotar en los campos, era casi tiempo de tornados para Friona, Texas. Era el momento de ir al Moses Five and Dime, al Allsups y, en ocasiones especiales, al K-Mart de Clovis, Nuevo México. Era el momento de asentarse en la rutina de los blanquillos revueltos, la mortadela frita, las judías de la olla a presión, los álbumes de fotos y las historias. Mi vida iba a cambiar de los grises y marrones apagados de la temporada previa a los tornados al caleidoscopio verde y violeta de la temporada de tornados, del sonido del viento seco y rancio al de los truenos y el granizo.


Estaba preparada para irme a dormir metida entre mis abuelos, escuchando la lluvia pa'juera por la noche y ya impaciente por despertarme con el olor a tierra mojada por la mañana. Y sabía que cuando el desayuno estaba hecho, cuando las plantas estaban regadas y cuando The Price Is Right había terminado, la abuela sacaba sus álbumes de fotos. Me dejaba pasar las manos por las hojas de plástico y respondía a todas mis preguntas: ¿cómo había sido crecer en Tecolotito, NM? ¿Por qué papá y el tío Tony nacieron en Dilia, NM, ¿pero el tío Max nació en Texas y el tío Mario James en California? ¿Cómo había sido vivir junto al océano? ¿Qué son las remolachas azucareras? ¿Y qué pasó con el bebé que murió? ¿Por qué había muerto en Idaho? ¿Por qué se iba siempre a otro sitio? ¿Y por qué decidieron parar en Friona, Texas?


Para cada una de estas preguntas había al menos tres respuestas diferentes y todas ellas recaían en mi abuelo. Él había querido algo diferente; algo lejos del pequeño pueblo de Dilia. O después de la venta de las tierras, no pudo encontrar trabajo en ningún sitio, así que se había llevado a la abuela, a papá y al tío Tony a Pueblo, Colorado, donde trabajó durante unos meses en la acería antes de mudarse a Canyon, Idaho. No sé en qué consistía su trabajo, pero sí sé que allí murió su primogénito y que, en lugar de enterrarlo en Idaho, pusieron su cuerpo en un tren de vuelta a Dilia. Una vez, durante una reunión familiar en algún hotel de Santa Fe, todos habíamos tomado un poquito demasiado y las historias empezaron a caer; mi tía abuela recordaba a sus padres descargando el ataúd del bebé en la estación de tren de Las Vegas y escucharla me pareció una confirmación. Yo sólo recordaba vagamente la historia, y la abuela llevaba ya tanto tiempo fuera que pensaba en la historia como un sueño, y aquí era real. Aquí había una persona que había visto ese ataúd; que había recordado a ese bebé.

¿Y qué de Califas? El tío James había nacido en Martínez, California, a sólo 37 millas al noreste de San Francisco. Mi abuela había dicho que había habido un terremoto y que sus náuseas matutinas habían sido tan fuertes que las confundió con el mareo habitual del embarazo. Como estaba sola, nadie ha confirmado esa historia. Sólo vive en lo que una niña de seis años puede recordar.


Dominga Olguín Perea y Jacobo Velásquez Perea en Stockton, California, 1947. Originarios de Tecolotito y Dilia, Nuevo México, ambos emigraron al norte de Califas para trabajar. Se casaron en la Iglesia de Santa María en Stockton.


¿Y qué de Texas? El verano pasado, después de una cena de frijoles y chicharrones caseros, mis primos se sentaron en la terraza de la casa de Sef en Tesuque y me preguntaron por mi familia, mis tíos, mi padre. ¿Por qué se habían convertido en republicanos de Texas? Yo tengo mis teorías, pero Sef las respondió por mí. Habló de ir a Friona y a Muleshoe a cortar algodón con mi abuelo. "Esperaban que viviéramos en gallineros", dijo entre tragos de cerveza. "Mi padre, tu Tío Lino, dijo 'de ninguna manera' y volvió a Nuevo México. Mejor luchar en Dilia que vivir allí, pero tu abuelo, Tío Jacobo, él se quedó".


Me senté en ese momento sintiéndome mareado pensando en todas las historias de mi 'apá y mis tíos siendo llamados "spics" o "beaners"; historias de ser la única familia mexicana en el pueblo. Y luego estaban mis historias, mis propios recuerdos del Panhandle de Texas y de ser llamada con esos mismos nombres, y de saber que la única manera de sobrevivir era tratar de volverme invisible. Al final de la noche, Sef había decidido que Texas había vuelto loca a mi familia y que habían perdido toda la conexión con su hogar, su conexión con Dilia. Pero yo sabía algo diferente. Sabía que la tierra que papá compró en el borde del Cañón de Palo Duro se parecía a Dilia, la misma tierra roja, los mismos cactus matorrales, el mismo llano interminable. También conocía las historias: esos nombres nuevomejicanos, esos pueblos nuevomejicanos, incluso esos bares nuevomejicanos que siempre estaban cerca. Y me cautivaron. Que había un lugar donde nosotros - donde los mexicanos - teníamos tierras, teníamos tiendas, manejamos sin miedo. Era como oír hablar de Oz, excepto que Oz parecía más real.


Esa noche tomé la carretera secundaria de Tesuque a Santa Fe. Estaba muy oscuro y me pregunté qué carreteras había en los años cuarenta. ¿Qué carreteras habían conducido mis abuelos cuando iban de Friona al Santuario para rezar por el tío James después de su primer ataque? ¿Había conducido yo por alguna de esas carreteras? Probablemente sí. Pensé en el bebé que viajó desde Idaho hasta Las Vegas sepultado en un ataúd que sólo yo puedo imaginar. ¿Cuál fue el paisaje que atravesó al volver a casa? Sabemos que está enterrado en algún lugar allí – algún lugar de Dilia o de Antón Chico, pero nunca lo hemos encontrado. Buscamos marcadores, pero no hay nada – sólo un certificado de defunción y una historia. Pero lo que he aprendido es que las historias, como el agua, son la vida.

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